A inicios del 2025, pasé una de las temporadas más trascendentales de mi caminar con Dios.
Mis niveles de estrés estaban por las nubes y el tiempo no me alcanzaba. Estaba ocupada, muy ocupada: mi negocio —los clientes, el personal, los proveedores, etc.—, mi trabajo privado, el servicio a Dios, tratando de ir al gimnasio, los voluntariados…
Solía pensar que cuanto más ocupada estaba una persona, más exitosa era; que debía dedicar todo mi tiempo a distintas actividades. Y, pues, eso me pasó factura.
Desde hacía ya unos siete años me habían diagnosticado una cardiopatía congénita. Por eso trataba de mantener ciertos cuidados con mi salud. Pero, en algún momento, el estrés se volvió como una olla a punto de explotar.
Y, quiérase o no, cuando de pronto aparecía algún dolor en el corazón, volvía el temor: «¿Será que me voy a morir?». No era un miedo catastrófico e infundado; era mi respuesta a lo que mi cuerpo me decía: dolores punzantes en el pecho, mareos, presión arterial muy inestable, cansancio permanente, etc. Pero claro, con la constante oracion, «Soy sana el nombre de Jesus». Pero la realidad es, que soy humana, muy humana.
Entonces, una madrugada sucedió: me desperté con un sangrado en la nariz.
A la semana volvió a ocurrir, solo que la segunda vez no pude contener el sangrado. Me encontraba sola en mi casa. Vivo con mis padres, pero ellos estaban a muchísimas horas de distancia, sirviendo al Señor en un Avivamiento. Sentí hormigueos en la cabeza y ver mi rostro ensangrentado no fue la mejor manera de iniciar el día. Llamé a mi hermana y le dije: «¡Llevame al hospital!». Fuimos, me revisaron y, efectivamente, mi corazón estaba inestable. Y ahí, en el hospital, volvió aquel pensamiento: «¿Será que me voy a morir?».
Siempre fui dizque feminista: creía que las mujeres debían primero trabajar, comprarse una casa y un carro, viajar, hacer sus cosas y, luego, casarse y tener hijos. Pero, al verme en el hospital, conectada a los cables de los equipos de monitoreo, no pensé para nada en una casa o un carro, sino: «Señor, no he conocido a mi esposo, no he tenido mis hijos. No me quiero morir».
Y pasaron los días. Me fui recuperando, pero el temor no se iba. Para entonces, era algo más espiritual que físico o mental. Empecé a tener mucho miedo porque sentía inestabilidad en mi cuerpo, debilidad, cansancio, problemas para dormir, palpitaciones extrañas… Y aquel pensamiento constante: «Dios, no me quiero morir».
Al tercer día, estaba en mi oficina. Había llorado, encerrada y sola, inundada de temor. Y en mi cabeza, una y otra vez: «No me quiero morir».
Llegó una visita muy especial.
—Vine a verte. Te traje fruta. ¿Cómo estás?
—Bien, bien —le dije.
—Vení. Quiero decirte algo. No sé qué le has estado diciendo a Dios, pero el Señor me dice que te diga que esta no es tu hora, que solo Él sabe el tiempo. Y que todavía te queda mucho trabajo por hacer.
El temor se fue.
Quisiera poder explicarlo con palabras, pero me es imposible. Ese día entendí que la grandeza del Señor simplemente ahuyenta el temor. Lo viví una vez más: bastó un toque del Espíritu Santo para ser libre de todo miedo a morir.
A los meses, obedecí la instrucción que el Espíritu Santo me había dado de iniciar el trabajo con la juventud. Ya no podía detener el propósito de Dios en mí, porque no solo me afectaba a mí, sino también a muchos otros que venían detrás de mí.
Hoy puedo decirte, joven, líder, servidor que me lees: aún queda mucho trabajo por hacer. ¿Qué vas a hacer con los años que te quedan? ¿Dónde vas a derramar tu corazón? ¿Vas a verter en otros lo que Dios te ha dado o te lo vas a quedar solo para vos?
El trabajo y la necesidad siguen siendo grandes. Y si no abrís tu boca para glorificar el nombre de Dios, otros lo harán, sin duda. Pero tu propósito no habrá sido cumplido a plenitud.
Hoy entiendo que no se trata de las riquezas materiales ni de la belleza. Todo pasa. Se trata de vivir de acuerdo con lo que Dios diseñó desde el inicio para tu vida.
La confusión, el dolor, la ansiedad y la opresión muchas veces son resultado de transitar senderos por los que Dios no nos ha mandado a caminar. El ser humano, cuando se desalinea de su Creador, pierde el norte; se enferma, se cansa y se frustra.
Hay una realidad simple y llana: un mandato y una instrucción del Cielo, sencillos e indiscutibles, para todos nosotros…
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Amigo, amiga que me lees: aún te queda mucho por hacer.
Tus mejores años están por delante. Hoy te invito a que abras tu corazón a Dios y te permitas vivir plenamente, conforme a lo que Dios en el Cielo diseñó para tu vida desde el principio de los tiempos.
Dios te bendiga.
